Juan Rulfo, las paradojas de un hombre solitario. Diario El Telégrafo

El escritor mexicano nació hace 100 años y su obra sigue incendiando la narrativa latinoamericana. Para leerlo, hay que atravesar la niebla que invoca su palabra. Redacción Cultura En las primeras lecturas de Juan Rulfo, repletas de autores nórdicos como Knut Hamsun, Jens Peter Jacobsen o Selma Lagerlöf, el escritor mexicano buscaba una realidad más justa y menos áspera que la que le tocó vivir. Su niñez estuvo definida por las luchas religiosas, por la ‘guerra de los cristeros’ concretamente, una de las más violentas en el estado de Jalisco. En medio de esos enfrentamientos, su padre fue asesinado de un disparo en la nuca y, pocos años después, su madre falleció, por lo que fue internado en un orfanato de Guadalajara. Rulfo, nacido hoy hace 100 años, creció bajo el signo de la devastación familiar y geográfica. Aunque él haya manifestado que nunca utilizó la autobiografía directa en las obras que lo consagraron como uno de los autores fundamentales de América Latina, en sus libros se alza una bruma humana que aparece y desaparece mientras avanzan las historias. Para leerlo, hay que extender bien el brazo a través de la niebla que invoca su palabra. Alejado de los tópicos realistas de su época, nutrido del habla popular, de las experiencias colectivas y de su inestable memoria, Juan Rulfo creó una narrativa (también visual) llena de paradojas y dualidades. El hilo de sus historias estaba marcado por la sugerencia, el silencio y por los lugares que describía.

Los pueblos eran sus personajes centrales, como se aprecia en la novela Pedro Páramo o en el libro de cuentos El llano en llamas. El autor mexicano recibió el Premio Príncipe de Asturias en 1983 y, como homenaje, se creó el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo. Quienes lo recuerdan dicen que era un sujeto retraído, solitario y muy observador. Entrelazaba con frecuencia sus manos y las escondía entre sus muslos. Y su mirada, casi siempre, estaba clavada en el horizonte. En 1975, Rulfo llegó a Guayaquil invitado al Primer Encuentro Latinoamericano de Cultura, organizado por Otón Chávez Pazmiño, de la Comisión de Cultura del Municipio de la ciudad. En ese entonces, el escritor y político Eduardo Peña Triviño era vicepresidente del Concejo Cantonal e invitó a Rulfo a cenar en su casa. En una nota del diario El Universo, Peña Triviño recuerda que al escritor mexicano se le notaba “algo incómodo y ciertamente era tímido”, pero con el transcurrir de la noche se abrió con la gente. Al preguntarle sobre Pedro Páramo, en esa velada hecha en julio de 1975, Peña Triviño recuerda que Juan Rulfo dijo: “Es un muerto que cuenta sus cosas a otro muerto. Es una relación atemporal. El libro tenía 200 páginas más. He tratado de eliminar toda elucubración, pero he dejado hilos sueltos que se retoman más adelante para que el lector complete con la imaginación lo que falta. Está lleno de trucos. Es un libro para locos”. Otro de los contactos que Rulfo tuvo con Ecuador se dio por la relación que mantenía con Benjamín Carrión. En los años 70, Rulfo estaba escribiendo la novela La cordillera, que nunca la publicó. En ese tiempo, en 1977, Carrión estaba en México y le contó al escritor César Leante una anécdota recogida en El País de España. “Carrión se había lesionado una pierna y estaba en silla de ruedas, así que Rulfo lo visitaba a menudo y lo llevaba al parque, donde se sentaban ‘a callarnos’. Don Benjamín era muy locuaz, muy comunicativo, por lo que la mudez debía provenir de Rulfo, de sus ensimismamientos o de su carácter introvertido. Pero en cierta fractura de aquellos ‘a callarnos’ le confesó a Carrión que no había seguido escribiendo La cordillera porque ‘había mucha sangre en ella’”, dice Leante. (I)

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