Entrevista: Mario Montalbetti conversa sobre su obra en su paso por Quito. La Hora

El escritor peruano fue el segundo 'Escritor visitante'. Presentó su antología ecuatoriana 'En una lengua rompida'.

DAMIÁN DE LA TORRE AYORA
  Entre una barba y cabellos poblados de canas se encuentra la mirada profunda de Mario Montalbetti. Al principio, la seriedad y un afán de escucha lo contiene. Poco a poco, la barba se rompe entre sonrisas y carcajadas, entre la reflexión y las bromas finas.
Montalbetti cambia de estado y, quizás, desde su temperamento se explica aquello que él mismo sostiene: “El poema es el lenguaje en otro estado”.
“Cuando hablamos del agua, no importa si es sólida, líquida o gaseosa, hablamos de un elemento que tiene H2O. Siento que el poema es el estado más avanzado de las distintas formas del lenguaje. Pero si yo recito un verso, ese verso tiene el mismo ADN que el decir ‘me puede servir un café’ dentro de un restaurante. Pienso que hay que entender el lenguaje desde sus distintos estados”, dice el poeta peruano.
A finales de junio llegó a Ecuador para participar en la segunda edición de ‘Escritor visitante’, bajo el tema ‘Los lenguajes de la poesía actual’, una propuesta del Centro Cultural Benjamín Carrión y de la editorial La Caracola.
Además, se aprovechó para el lanzamiento de su antología ‘En una lengua rompida’, publicada por la editorial ecuatoriana Ruido Blanco.
En su paso por Quito, previo a las actividades en las que participó, el también ensayista compartió sus perspectivas con Diario La Hora.
‘Y si después de la palabra no sobrevive la palabra’, escribe César Vallejo. Como lingüista y poeta, ¿cómo miras a este verso?
Es una posibilidad el que después de la palabra no sobreviva la palabra, y pienso que hay varias formas de tomar aquello. Primero, la palabra te puede llevar a abandonar a la palabra: hay que recordar a Wittgenstein, quien decía que cuando uno llega al final de la escalera toca botar todo para volver a subirla. Hay otras más lecturas, muy pesimistas, que se concentran en eso de que la palabra no va a sobrevivir, literalmente, lo cual es terrible porque significaría que el ser humano se convierte en otra cosa y que ya no emplea el lenguaje para pensar y para relacionarse con el mundo.
¿Y tú cómo miras el lado pesimista dentro de la variable de las redes sociales?
El lenguaje se controla solo y tiene su vida propia. Los seres humanos interactuamos con el lenguaje. A veces, con esta cuestión de las redes, el tipo de lenguaje que se maneja, inclusive en Internet, en Google por ejemplo, corre un peligro real por las concepciones que se imponen sobre el lenguaje. Por ejemplo, la forma que tenemos para hacer preguntas. Yo quiero decir: ‘¿Cuál es la capital de Ecuador?’, y en Google ya no formulo la pregunta, solo pongo dos palabras: capital, Ecuador, y así aparece una serie de información donde me entero que es Quito. En este ejercicio nos damos cuenta que perdemos la fórmula de la pregunta, que es esencial y constitutiva de los seres humanos.
Interesante lo que planteas, porque el primer paso del conocimiento arranca desde la curiosidad de la pregunta…
Por eso veo un peligro. Google hace cosas perversas como ir poniendo palabras y temas mientras vas escribiendo cada letra, es decir, Google piensa por uno, y termina influyendo considerablemente.
Vamos con otras influencias. ¿Cuánto influyó tu acercamiento con Antonio Cisneros?
Muchísimo. Cisneros y Rodolfo Hinostroza fueron mis dos referentes cuando empecé a escribir poesía. Los dos, además de grandes poetas, eran gente muy bondadosa y disponible. Conversar con Cisneros sobre poesía fue muy importante para ir robusteciendo al oficio. Mira, yo estudié en la Católica (universidad), pero me iba a la de San Marcos para escuchar sus clases y para conversar con él porque sus enseñanzas siempre fueron únicas, fantásticas.
¿Cisneros participó en tu primer libro?
Ese fue un gesto maravilloso, extraordinario, porque presentó mi primer libro, algo que él no hacía, pero ‘Perro negro’ fue presentado por él.
¿Y cuánto influyó esa ‘mordida’ de Cisneros con tu primer libro? ¿Fue un espaldarazo?
Por supuesto que lo fue. Además que debo reconocer que él corrigió un par de cosas del libro. Por supuesto, tenía toda la razón.
¿Qué decir de Blanca Varela, a quien tú la colocas sobre un pico alto de la poesía peruana, al igual que a Vallejo?
Una forma de entender a la poesía peruana del siglo XX es el poner a Vallejo en lo más alto de una montaña y, al extremo de otra montaña, poner en la cima a Varela. Hacen cosas distintas y entre ellos hay muchos picos, pero los más altos, los que sobresalen, son estos dos poetas. Simplemente, Varela es extraordinaria.
¿En qué parte de la montaña o en qué pico está Montalbetti?
Me veo en un valle bonito y soleado viendo a los picos: estoy a lo lejos (risas).
En este momento apelaste al humor. Justamente, este ha sido uno de tus motores en la escritura, al igual que la ironía, ¿Por qué apelas a estos recursos?
Siento que esto estuvo más presente en mis primeros libros, me refiero al humor. Haber, pienso que hubo más humor en mis primeros libros y que con el tiempo el humor se convirtió en algo que tiene el elegante nombre de ironía. Lo que siento es que el humor y la ironía te permiten lidiar mejor con el mundo.
Imagínate un político irónico, no lidiaríamos tanto…
Ellos no son irónicos, son transparentes. No esconden nada. Los políticos no mienten, solo lo hacen en cosas muy banales como decir que no han robado.
Recuerda que un presidente de mi país cuando juramentó, dijo: ‘Por Dios y por la plata’. No dijo: ‘por la patria’. Todo el mundo  pensaba que fue un lapsus, y no fue así: eso es lo que quiso decir. Los poetas no somos transparentes, al contrario de los políticos (vuelve a reír).
¿No hay que creerles a los poetas?
Jamás se les cree –dice con buen humor-. ¿Por qué vas a hacerlo? No confíes en ellos.
Siguiendo con los poetas, tú mencionabas que en la actualidad la poesía peruana está en un buen momento y que resultaba penoso que sea prácticamente nula en EE.UU., donde apenas se reconoce a Vallejo. Pero no resulta penoso que en Ecuador tampoco sepamos lo que sucede, y viceversa, salvo en pequeños círculos literarios…
La respuesta es clara: a las grandes editoriales no les interesa que nos comuniquemos. Si aparece un buen poemario en Quito, a lo mucho aparece en Guayaquil. A las grandes editoriales les gusta publicar a vacas felices tipo Mario Vargas Llosa, que de paso no hace poesía pues hace novelas. Esa es nuestra realidad. Por suerte, y con mucho esfuerzo, aparecen editoriales independientes que de alguna manera tratan de comunicarnos. A esta situación hay que sumarle estos eventos, como el que vengo a participar en Quito, porque son importantes para conocernos.
Pese a esta curiosa lejanía, tú sí has logrado un contacto con la poesía ecuatoriana. ¿Cómo miras lo que se está haciendo por acá? ¿Es tan ‘saludable’ como la peruana?
Efectivamente, el adjetivo que empleé fue el de ‘saludable’ para indicar el momento de la poesía peruana. De lo que sé, percibo que acá la situación es saludable porque se realizan cosas interesantes. Esto va más allá de que aparezcan buenos o malos libros. Va en el sentido de que se hacen cosas interesantes y se prosigue en las búsquedas y experimentaciones. Pienso que en ambos países la cosa es saludable: lo importante es que se siga escribiendo poesía.
Y que se siga escribiendo en un medio donde muy poco se apuesta por ella…
Es que la desventaja editorial entre la poesía y otros géneros es parte de su estado saludable. Mira, ningún poeta cree que puede llegar a vivir por su poesía. Tienes que ser profesor, editor o agente de viajes: algo más te toca hacer para comer. No se vive de esto, salvo con muy pocas excepciones. Por su parte, los novelistas sí creen que pueden vivir de sus libros, lo cual es curioso considerando que en los últimos 20 años no tenemos una novela a la que regresamos para releerla, como ocurría con ‘Rayuela’, por decirte algo. Nosotros releemos grandes novelas pero de muchos años atrás, mientras que a un poema sí regresas, lo lees y relees. Quizás, un problema es que muchas veces se publique demasiado, que aparezcan muchos poemarios que deberían esperar poco o mucho para ser publicados. Pero, en términos generales, la ventaja y la desventaja del mercado de la poesía radica en saber de que no se vive de la poesía: se muere de poesía.
Mencionaste a Vargas Llosa, y antes de dejarlo pasar, ¿cuál es tu reflexión sobre este Nobel? ¿Por qué hay opiniones tan divididas sobre él en tu país, a diferencia de García Márquez en Colombia que en su mayoría lo aman?
Ahora la cosa ya no es tan dividida.
¿Todos lo aman por el Nobel?
Todo lo contrario (risas). No es que se lo ama o se lo odia. Hay que considerar dos cosas: el Vargas Llosa escritor y el mediático figura pública. Como ser humano es patético, pues se convirtió en una persona trivial y banal. El Vargas Llosa escritor hay que respetarlo por las grandes novelas que entregó al mundo, pero hay que reconocer que cada vez escribe peor. En mi opinión personal, su literatura ha ido en declive.
Dejemos a Vargas Llosa y sigamos con Montalbetti. Haciendo una autoevaluación, de un ‘Perro negro’ a un ‘Simio meditando’, ¿cómo evolucionó?
Sabes, no lo había pensado de esa manera, pero me gusta lo que planteas. Okey, siento que hay una evolución, pero también una involución. Cuando hago ese ejercicio tedioso de releerse, encuentro que la mayoría de temas se mantienen, las preocupaciones siguen siendo las mismas aunque se las puede exponer de manera diferente. Por otro lado, desde el ‘Perro negro’ al ‘Simio meditando’ hay un hombre que ha atravesado muchas cosas, que se ha vuelto más viejo, lo que hace que cambies el tono. Ahí se puede explicar lo que ya habíamos hablado del humor. En un inicio, fue más desfachatado, loco y sin recatos; luego, se convierte en una cosa ácida y reposada. A eso hay que decir que desde el primer libro me propuse publicar cosas diferentes, que entre ellos no se parezcan en nada, lo cual es difícil por los temas que siempre rondan en mi cabeza, pero por lo menos eso es lo que intento: una experimentación constante dentro del lenguaje.
Uno de tus libros se titula ‘El lenguaje es un revolver para dos’. ¿Prefieres disparar el gatillo o poner el pecho a las balas?
Los dos. Bueno, sí, ambas cosas quisiera uno y a la vez, es lo obvio. Bueno, pensaba en esa imagen donde dos pistolas se encañonaban entre sí. Ser ambas personas, ser la persona que me mata con el lenguaje.
Sobre tu obra, Yanko Molina dijo a El Comercio de Quito que tu trabajo “no es poesía lírica, es poesía del pensamiento”; y Andrés ‘Tush’ Villalba, dice que siempre vas “en contra del lenguaje”. ¿Hay que rebelarse a la palabra?
Hay que entender que hay muchas formas de escribir poesía, yo tengo una. No es la única, es la que me interesa practicar. Dicho esto, mi interés nunca han sido las palabras, han sido los lenguajes, a mí no me interesan las palabras, sino todo lo que permite que una palabra sea una palabra, es decir, el lenguaje. Nosotros estamos acostumbrados a hablar de la palabra como si eso fuera lo que abarcara todo. Nosotros decimos: ‘te doy mi palabra’, y soy de los que prefiero que me den su lenguaje. En la iglesia se dice: “Una palabra tuya bastará para sanarme”, por qué no decir que el lenguaje nos salvará. Porque es con el lenguaje a lo que nos enfrentamos, no a las palabras que son señuelos. Cuando digo en el título de la antología en Ecuador ‘Una lengua rompida’, es un lenguaje rompido, no palabras rotas.
¿Qué decir de tu antología realizada en Ecuador?
Aún no la veo. ¿Cuándo sale la entrevista? Estoy expectante de verla (risas). No, mira… he visto la caratula. Sé algo de la selección que la hace el ‘Tush’...ohm. ¿Qué te podría decir?
¿Vamos con lo rompido y no lo roto?
La gente, la Academia (RAE), lo que valoran es el hablar con propiedad. Pero reflexiona sobre la expresión ‘con propiedad’, como si la lengua fuera tuya. Yo no creo en eso y ni quiero creerlo. Por otro lado, ‘morido’ y ‘rompido’ son los participios que deberíamos decir. ¿Por qué roto y no rompido? Hay hasta como una corrección en la generalidad. Mira, pretendo llegar a lo que está detrás, al lenguaje que está detrás de la lengua. Esto se pone muy lingüístico... Lo que busco reflexionar es que las reglas la imponen un grupo de señores sentados en Madrid con una letra en el sillón. Bueno, tras este comentario ninguna Academia me invitará.
Por lo menos el sillón de la letra 'r' te será negado…
Eso pienso, ninguna Academia me dirá que tome asiento (risas).
En lo lingüístico, ¿cuánto influyó tu acercamiento con Noam Chomsky?
Casi todo lo que sé de lingüística se lo debo a él. Chomsky tiene sus teorías, que sin duda son superiores a las mías, pero no todas las comparto. La posibilidad de que el lenguaje sea algo innato en el ser humano me parece casi incuestionable, pero hay otras cosas que no comparto. Regreso a lo que tú decías en cuanto a la rebelión de la palabra. No es el punto de que te rebeles a la lengua, sino que terminas haciéndolo. Es que no se trata de fastidiar ni sacarle la lengua a la Academia, lo que sucede es que el lenguaje y la lengua están vivos. Hay más posibilidades del lenguaje y están hasta más allá de la comunicación. Lo que pasa es que nos enfrascamos hasta ahora en lo propuesto por Aristóteles en cuanto a la comunicación y lo que no se rige a su esquema no está considerado como comunicación o es mala-comunicación. Y siento que tenemos muchas posibilidades desde el lenguaje.
Decías que a las novelas, especialmente a las de ahora, no se regresa. Pero siempre hay un retorno a ciertos poemas. ¿A cuáles en tu caso?
Tengo algunos. A ‘Trilce’, de Vallejo, regreso mucho. A los cuartetos de Eliot, sobre todo el cuarto cuarteto, regreso constantemente. Releo mucho a Arquíloco y a la poesía griega clásica en general. Siempre rondo por Dante y Shakespeare donde lo poético está a la vista, y le tengo a Garcilaso siempre presente. Es que hay autores y versos a los que nunca se les exprime del todo, a los que regresas y puedes leer lo mismo y lo mismo y siempre te dan más, te enseñan algo nuevo. Ahora, como decía, el no regresar me pasa en las novelas recientes, porque cómo no regresar a ‘Moby Dick’, a la que he leído entera seis veces y recurro a ciertos pasajes constantemente. Qué decir de ‘Los idiotas’, de Dostoievski. Pero sí rescato, en general, que ese retorno sucede más frente a la poesía, por lo menos en mi caso.
En Quito abordas ‘El sentido de la poesía’ en una conferencia. ¿Dime algo de ese sentido?
El sentido del poema es que te muestra una dirección. En la autopista, todos los carros van a lugares diferentes, pero están en el  mismo sentido: esa noción de sentido es lo que quiero explorar. No me centro en el significado, no me preocupo en su interpretación. Lo que me interesa es su dirección.
¿Y las interconexiones? ¿Esa ida y vuelta entre lo que hace un país y otro se robustece con encuentros como en el que participas?
Totalmente. Estos encuentros son los que nos permiten saber qué estamos haciendo. Es la oportunidad que nos estamos dando para conocernos.
Estuve por Chile y Argentina, y ahora estoy por Ecuador, y resulta interesante el preguntarnos qué estamos haciendo frente a una lengua muy parecida, que es la que trabajamos. Es importante leernos y tratar de responder qué está pasando, y eso se logra con estos eventos.

EL DATO
La editorial ecuatoriana Ruido Blanco publicó la antología ‘En una lengua rompida’.

"La ventaja y la desventaja del mercado de la poesía radica en saber de que no se vive de la poesía: se muere de poesía".